La práctica de la traducción es muy variada. Todo el que hable dos lenguas puede traducir. Y los diccionarios dan la (falsa) ilusión de que basta abrir uno para encontrar en la otra lengua lo que queremos traducir. Traducir parece algo fácil, natural, que cualquiera puede hacer. Y a veces lo es.
Una empresa pone en juego su imagen en el exterior con una mala traducción. Se debe tener cuidado al elegir los nombres de los productos que quiera vender en otros mercados (pueden ser ofensivos en la otra lengua, tener connotaciones no deseadas, etc.).
El sitio web de una empresa es su tarjeta de presentación. Los folletos turísticos atraen turistas e impulsan todo un sector que puede ser fundamental para la economía de un país.
Las traducciones literarias juegan un papel importantísimo en cuanto a cómo se percibe al autor en esa otra cultura, por ejemplo.
Las malas traducciones, entonces, pueden significar pérdidas de negocios comerciales para una empresa, la pérdida de los ingresos de un país por turismo o la pérdida de lectores para un autor, por no citar más que algunos ejemplos.
calidad Pero en ciertas ocasiones, es necesario recurrir a un traductor o intérprete profesional. Por ejemplo, cuando se necesita traducir un contrato, una obra literaria, un manual técnico, un artículo científico, un sitio web, un folleto turístico o un manual de algún aparato electrónico.
¿Por qué un traductor? Porque importa la calidad de la traducción. Es el traductor profesional el que podrá, en principio, solucionar los problemas que se le presenten: de comprensión del texto original, de reformulación del sentido de ese texto en la otra lengua, de conocimiento de la terminología, así como los problemas que plantean, por ejemplo, las referencias culturales, históricas, las alusiones, las connotaciones, etc.
competencia El traductor, en estos casos, deberá mostrar un excelente dominio de las lenguas, un muy buen conocimiento de los temas sobre los que traduce, una ortografía impecable y buena calidad de redacción y, quizás lo más importante, habilidad para traducir. El traductor adquiere todos esos conocimientos durante su formación pero, principalmente, también a lo largo de su carrera profesional. Y esos elementos son algunos que demuestran el grado de profesionalismo de quien traduce.
Además, el traductor deberá recrear el texto original de conformidad con las necesidades del cliente y con otros factores que influyen en el resultado del proceso de traducción. Es decir, el traductor debe conocer el destino de esa traducción, ¿quién va a leerla?, ¿qué uso le van a dar?, el lector, ¿es un especialista en el tema o no? Este es un aspecto, entre otros, que debe especificarse antes de encomendar el trabajo. Las decisiones que tome el traductor van a depender, justamente, del destino que vaya a tener esa traducción en la otra lengua. El lector de esa traducción no necesariamente será el mismo que el lector de ese mismo texto en su idioma original.
Concretamente, el traductor debe garantizar la fidelidad de la traducción con respecto al documento o material original y, a la vez, debe tener en cuenta el uso que se le va a dar a ese material traducido.
Una traducción de calidad se juzga también por sus resultados: Una publicidad que vende, un folleto que atrae turistas y un manual que se entiende claramente, sin que el lector o usuario de la traducción se dé cuenta de que está leyendo textos traducidos, lo demuestran.
¿Qué espera? No se arriesgue. Consulte a un traductor profesional.